La Eucaristía en la Vida de Arnoldo Janssen

Autor: Franziska Rehbein, SSpS
Tema: Espiritualidad Arnoldina
Idioma: Inglés, Español
Editorial: Equipo de Espiritualidad AJ
Año: 2009
Sister of Perpetual Adoration before Jesus in the Eucharist

San Arnoldo sintió un gran amor por la eucaristía, legado que recibió de sus padres. La madre de Arnoldo fue gran amante de la oración y profesó un amor especial a la santa eucaristía. Cuando se celebraban las “cuarenta horas de adoración” se quedaba rezando casi todo el día. Los domingos, a las 4’30 de la mañana ya estaba en la iglesia, para participar en la primera y en las siguientes celebraciones eucarísticas. Incluso en los días de entre semana era capaz de organizar su trabajo de tal forma que pudiera asistir a misa. Estaba convencida de que sin la bendición de la eucaristía no sería capaz de terminar su trabajo. Su ejemplo, al igual que el de su padre, que era profundamente religioso, dejaron una fuerte impresión en el joven Arnoldo.

Cuando tenía 11 años recibió la primera comunión. Lo consideró una gran gracia para la cual se preparó bien, tal y como era la costumbre del tiempo, aprendiéndose todo el catecismo de memoria. Nada sabemos de la vivencia religiosa de Arnoldo Janssen el día de su primera comunión. Él habló poco acerca de su sentir religioso y vida interior. Sin embargo, dos cartas que ocho años más tarde escribió a su hermano menor, Pedro, cuando éste recibió por primera vez al Señor Sacramentado, nos permiten intuir lo que significó este acontecimiento para él. En ellas, Arnoldo abre su corazón a su hermano pequeño y lo hace partícipe de sus propios sentimientos de reverencia y amor a la presencia real en la Eucaristía, lo mismo que encontramos en la última parte de su vida.

En la primera carta Arnoldo Janssen escribió: “Me embargó una íntima alegría cuando me enteré de que este año tendrás la dicha indescifrablemente grande de acercarte al altar del Señor y participar en un banquete del que anhelan gustar los ángeles.

¡Oh, si tú supieras lo que significa recibir el cuerpo del Señor! ¡Eres realmente consciente de a quién vas a recibir? Es el Rey de los cielos y de la tierra, el Señor de la eternidad… el poderoso que guía el universo de acuerdo a su voluntad… Desde ya prepara tu interior, encomiéndale tus alegrías y tus penas. Nunca te arrepentirás, como me arrepiento yo ahora de haber hecho tan poco para prepararme”.

En una segunda carta de cuatro días después, Arnoldo escribió: “Finalmente llegó para ti el día más hermoso y feliz de tu vida. Día al que quisiera regresar incluso el sacerdote en sus años canosos, y cuyo venturoso recuerdo lo embarga de serena alegría. ¡Oh, hermano, deja que te considere mil veces dichoso! Ahora eres el santuario del Señor, su herencia y su amor”.

Sentimos aquí algo de la vida que latía en Arnoldo. Él se sentía cautivado por el misterio del Verbo de Dios hecho hombre, ante cuya presencia su corazón vibraba de santo estremecimiento, Dios le permitía gustar de su amor. Con toda su fuerza espiritual, Arnoldo deseaba responder a este incomprensible amor y evitar todo lo que pudiera separarlo de él.

Pocos años más tarde encontramos el mismo amor y reverencia en la carta de Arnoldo a su madre poco después de su ordenación.

“Me encuentro solo en mi pequeña habitación, envuelto en la media luz de la aurora, a mi lado arde aún una vela, y frente a mí tengo un cuadro de Cristo. Reina quietud, una gran quietud en mi alma. Desde una torre cercana o lejana, repica de nuevo una campana y su tañido, penetrando en la noche, llega a mis oídos. Llama a los fieles a levantarse del sueño e ir al templo donde es ofrecido el Señor en santo sacrificio. Me produce una impresión maravillosa. Me digo: Pronto también tú te acercarás al altar y ocuparás allí el lugar de Jesucristo y celebrarás los santos misterios.”

Este amor y reverencia llena el corazón de Arnoldo también en sus últimos años: “Jesús vive en nosotros como Dios y hombre cuando comulgamos. Su divino cuerpo nos toca y nosotros lo tocamos. ¡Pero qué maravillosamente actúa el cuerpo de Jesús! Toda la humanidad fue redimida a través del sufrimiento y el derramamiento de la sangre de su precioso cuerpo. Y ahora su santo cuerpo nos santifica en la santa Comunión”. (Conferencia de 1894) Un poema de sus últimos años (1896) nos da una visión del misterio del amor de Arnoldo por la presencia de Jesús en la eucaristía.

Después de la Santa Comunión
Oh felicidad apacible, oh dichoso destino, ahora él es todo mío
Él, maravilloso e insigne rey,
ante quien se inclinan los cielos.
Oh, decidme ¿dónde hay un trono que sea tan codiciado, que de su Dios el Hijo ansía poseer?
¿Dónde hay un castillo en cuya sala coma el rey de lo creado? ¿Dónde hubo alguna vez un banquete
que lo tuvo por comensal?
¡Oh, inefable y suprema felicidad! –No tengo palabras Sobre mí recayó su mirada de amor, él pasó por mi puerta. Entró en mi aposento, que desprovisto de ornato está.
Y me ofreció el vino de su amor como si tuviera
yo su misma dignidad.
¿Hubo alguna vez un príncipe que, bajando de su trono llamase al más pobre de los mendigos
para estrecharlo sobre su corazón?
¡Oh supremo Hijo del gran Rey!,
ante quien el mundo se inclina,
Mi corazón, ahora trono de tu amor,
reverente calla y admira;
Calla en santo arrebato a causa del fuego de tu amor, Y admira que tú, mi Señor y Dios,
has querido descansar en mí.

No hay duda de que la devoción de Arnoldo por la Eucaristía estuvo influenciada por la teología y la religiosidad de la época. Según la teología de Matthias Scheeben, que influyó mucho en Arnoldo, la eucaristía era una fuente de gracia. Arnoldo a menudo enfatizaba que el Padre y el Espíritu Santo estaban presentes en la eucaristía junto con el Verbo Divino, aunque no de la misma forma. Centrar su vida espiritual en el misterio central de la fe cristiana, la Trinidad, le dio unidad, profundidad y vitalidad. Resaltar la dimensión trinitaria de la eucaristía es una característica de la espiritualidad de nuestro fundador y muestra porqué siguió siendo tan importante para él. No era para él algo aparte, sino enraizado profundamente en los misterios centrales de la fe cristiana: la trinidad, la encarnación y la salvación.

En cada eucaristía celebramos todo el misterio de la salvación y exclamamos “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡Ven Señor Jesús!” En la celebración de la eucaristía participamos hoy del misterio salvífico cristiano: La encarnación, la pasión, la muerte, la resurrección y la glorificación de Cristo entran en este evento.

San Arnoldo consideró la Eucaristía como la celebración conmemorativa del sacrificio de la cruz sobre el calvario, en el que Jesús se ofreció al Padre como el Cordero divino. Él animó a sus cohermanos a participar en este entregarse totalmente a través de sus votos en la vida religiosa. “En la santa Misa, por lo tanto, deberíamos ofrecernos con el Salvador y renovar nuestros votos y la entrega total de nosotros mismos y lo que ellos implican, listos para afrontar cualquier sufrimiento.” Lleno de su fe en la presencia verdadera de Cristo en la Eucaristía nuestro Fundador atesoró y apreció de un modo especial la adoración del Santísimo Sacramento. De diferentes maneras expresó su amor profundo y personal por el misterio de la presencia permanente del Señor en su Iglesia: en conferencias, en las oraciones que compuso dedicadas a Cristo presente en el Santísimo Sacramento, y sobre todo en sus visitas frecuentes al Santísimo Sacramento, algunas veces quedándose durante mucho tiempo en su presencia. Sobre todo en sus años más jóvenes a menudo pasaba largas horas durante la noche en la capilla.

Desde que fundó la Congregación de las Hermanas, Arnoldo Janssen había tenido en mente una congregación con dos ramas, las Hermanas de Misión y las Hermanas de Adoración. Llamaba a éstas últimas “misioneras de rodillas” ya que su tarea especial era rezar por las misiones. Hermann Fischer acentúa cómo para Arnoldo todo el trabajo por el Reino de Dios era en primer lugar un asunto de oración. Lo que Arnoldo dijo en su sermón en la apertura de la rama de las Hermanas de Adoración era típico de su aprecio profundo por la oración ante el Santísimo Sacramento expuesto: “Las Hermanas de clausura deberían sentarse como María a los pies del Señor, glorificarlo día y noche en el Oficio Divino, y en cuanto su número lo permita, mantener la adoración perpetua ante el Santísimo Sacramento, rezando de este modo por la riqueza de gracias para la Iglesia y la Congregación.”

[Centro de Espiritualidad Arnoldo Janssen, Steyl, Reflexiones bimensuales, N° 3]

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