La Creación Estremecida por la Guerra

El sol se pone sobre la ciudad.
Las aves vuelan como siempre —

por encima de fronteras, por encima de lenguas, por encima de disputas que el ser humano dibuja en los mapas.

No conocen la palabra “frente”.
No entienden la palabra “enemigo”.
Solo conocen la dirección del viento y el ritmo de las estaciones.

Y, sin embargo, en sus ojos aparece algo nuevo — inquietud.

El humo se eleva hacia un cielo que debería ser limpio.
El fuego devora la tierra que estaba llamada a dar vida.
La rama de olivo llevada en el pico se convierte casi en una pregunta:
¿es realmente otro diluvio, esta vez de fuego?

San Pablo escribió que “toda la creación gime y sufre dolores de parto” (Rom 8,22).
Tal vez eso es lo que vemos — no solo un drama humano, sino un estremecimiento cósmico.

La tierra que debía ser jardín se convierte en campo de miedo.
El cielo que debía ser espacio de libertad se ve surcado por señales de inquietud.

Las aves siguen volando.
Sus alas no conocen la política.
Pero la naturaleza responde — con silencio, con sobresalto, con el aliento suspendido.

La guerra nunca es solo asunto de los hombres.
Toca la tierra, el aire y el agua.
Toca a los testigos silenciosos — árboles, animales, aves en camino.

Y, sin embargo, en la misma escena hay también algo distinto:
vuelo.
Una rama.
Un movimiento hacia el futuro.

Tal vez la creación no solo teme — tal vez también espera.
Espera el momento en que el ser humano vuelva a mirar al cielo no para advertir del fuego, sino para buscar la paz.

Porque la creación no fue hecha para la guerra.
Fue hecha para la armonía.

Y quizá precisamente las aves — asustadas, pero todavía volando — nos recuerdan
que sobre el caos el Espíritu sigue aleteando.